jueves, 10 de diciembre de 2009

El origen prehispánico de las posadas




En México son las tradiciones las que nos van indicando el paso del año, su fugacidad y su perennidad cíclica. Aquí seguimos celebrando –desde la Conquista– el nacimiento del Niño Dios a través de las posadas, las fiestas tradicionales de fin de año, las pastorelas, los villancicos, el pavo, las piñatas, la colación, el ponche, etc. Pero, ¿cuál es el origen y la evolución de esta celebración? Al menos las posadas se celebran en México desde hace 398 años, es decir, desde antes de la época de la Nueva España.
Los antiguos mexicanos celebraban en estas épocas el advenimiento de Huitzilopochtli y lo hacían con muchas y diferentes fiestas y rituales que ocurrían en el Panquetzaliztli, la última veintena del calendario azteca, que comprendía del 17 de diciembre al 5 de enero. Probablemente los franciscanos, en su tarea de evangelización, al ver que coincidía con la celebración europea de la Navidad, hicieron que concordaran las fechas y sustituyeron los personajes de esta celebración indígena. Así, las fiestas, danzas, carreras y rituales que conmemoraban el nacimiento del Niño Sol, coincidieron con el nacimiento del niño Dios.
Hoy permanece como tradición el peregrinaje de María y José en su camino a Belén. Esta representación se conforma de nueve posadas, que inician el 16 de diciembre y culminan el día 24, la noche del nacimiento de Jesús. Coincidencia o no, este peregrinaje nos recuerda un ritual que ocurría en Anáhuac.
Cada año, en el primer día del Panquetzaliztli se realizaba una ceremonia en honor del dios Huitzilopochtli, el Niño Sol, para conmemorar su nacimiento el 21 de diciembre. La ceremonia comenzaba con una carrera encabezada por un corredor muy rápido que cargaba en los brazos una figura de Huitzilopochtli hecha de amaranto y que llevaba en la cabeza una bandera (pantli) de color azul (texuhtli). La carrera se iniciaba en la Gran casa del Sol (Huey Teocalli) y llegaba hasta Tacubaya, Coyoacán (Coyohuacan) y Churubusco (Huitzilpochco). Detrás del portador de esta imagen corría una multitud que se había preparado con ayuno.
Otra celebración que se hacía en esos días –y que le da nombre a este mes– es aquella en la que se ponían unas banderitas (pantli) de papel amate a todos los árboles frutales y plantas comestibles como zapotes, capulines, aguacates, guayabos, nopales, magueyes, etc. El día de la fiesta se sahumaban todos los árboles y se les ofrendaban tortillas (tlaxcalli) y pulque (meoctli) a fin de agradecerles sus frutos, que fueron alimentos durante el año. Esta celebración se asemeja al momento de las posadas cuando se rompe la piñata y se reparte la colación y el ponche. Pero era el día del solsticio de invierno, el 21 de diciembre, cuando el Sol había llegado hasta su máximo desplazamiento hacia el sur, cuando se celebraba el nacimiento del Huitzilopochtli. Para entonces el Sol ya había recorrido la bóveda celeste y había muerto el 20 de diciembre. Se decía que el Niño Sol se iba al Mictlán, lugar de reposo o de los muertos, donde se transmutaba en forma de colibrí para regresar al origen. Coincidentemente, el 24 de diciembre era el día en que el Sol resurgía en Malinalco –al sur– (Huitzilopochtli significa colibrí del sur), acarreando consigo una gran cantidad de danzas y fiestas que se empatan con la Natividad.
Se sabe que las posadas comenzaron en el pueblo de San Agustín Acolman, a 40 kilómetros de Teotihuacán, cuando, en 1587, fray Diego de Soria obtuvo del papa Sixto V un permiso en el que permitía la celebración en Nueva España de unas misas llamadas ‘de aguinaldo’, del 16 al 24 de diciembre, y que se llevaban a cabo en los atrios de las iglesias. Entre estas misas se acostumbraba intercalar pasajes y escenas de la Navidad. Como atractivo se agregaban a la celebración luces de bengala, cohetes, piñatas, cantos y villancicos.
En el siglo XVIII, Carlos III prohibió estos cantos y fiestas. A través de un bando se prohibieron de tajo las fiestas en el atrio de la iglesia.
El bando decía claramente que se prohibían las fiestas en atrios y lugares públicos, pero al no mencionar las reuniones privadas, la gente comenzó a organizarse para reunirse en las casas. Así fue como surgieron las posadas, una en cada casa. A la muerte de Carlos III, cuando quisieron volver a poner en práctica aquellos cantos, muchos se habían perdido y olvidado. Las fiestas se retomaron en las iglesias, pero la costumbre de hacerlas en casa persistió y se fortaleció.
A las posadas se fueron agregando diversos elementos, como ofrecer a los invitados alimentos que variaban dependiendo de cada región; el baile, incluido ya en tiempos de la colonia, y la petición de aguinaldo encargada a grupos de niños y jóvenes. Pero así como se fueron agregando elementos, el religioso fue debilitándose. Ahora las posadas son más una manifestación pagana y muy propia de la cultura mexicana, aunque con un trasfondo religioso.
La organización de estas fiestas varía según la región del país. En varias poblaciones de Jalisco, por ejemplo, las posadas se celebran en las calles, las cuales previamente se adornan con hilos de heno y faroles. En Guanajuato se sigue arrullando al Niño Jesús y se sigue cantando la letanía del Ora pro nobis. En otras poblaciones se sustituyen los tradicionales peregrinos de barro por elementos vivos. Lo más importante de las posadas es que logran reunir al barrio o la comunidad ya que, por el hecho de ser repartido cada día entre una familia o un grupo de familias, entran en competencia amigable y, sobre todo, en un mayor esplendor de alegría navideña.
Autor: Amaranta Leyva .

Arte e infancia





Todo niño es un artista; el problema es que se preserve como tal cuando crece.
Picasso

Vivimos días en los que el arte se considera un lujo, una actividad superflua de la que es posible prescindir, un bien al que sólo pueden acceder unos cuantos, mientras el resto quizá solamente sabe de su existencia como algo que sucede por ahí, muy lejos de su vida cotidiana. Pero hay que recordar —para aliento de nuestra esperanza— que no siempre ha sido así.
Pensemos, por ejemplo, en la época vasconcelista de nuestro país, cuando funcionarios y artistas se propusieron como algo prioritario que el mejor arte llegara a la mayoría de los mexicanos.

Tampoco lo es ahora en todas partes, pese a que el mundo parece haberse convertido en un inmenso centro comercial. Países como Canadá o Dinamarca cultivan el arte con ímpetus renacentistas. Mucha gente va al teatro, a los museos y a escuchar música en las iglesias varias veces al año, y muchas personas practican alguna disciplina: quien no toca un instrumento, asiste a una clase de dibujo o de danza. Claro que esto es posible porque los gobiernos destinan una buena parte de su presupuesto a la creación y la educación artísticas, y la sociedad en su conjunto participa en el sostenimiento de los proyectos. Hay clubes de apoyo al museo tal, al teatro cual, a la orquesta fulanita. En fin, hay una conciencia de la función social del arte y hay recursos. Pero en los países tercermundistas, como el nuestro —por más que los políticos nos quieran ligar más al Norte que al Sur— podría haber ambas cosas si se considerara al arte como lo que es: un alimento, que si bien se dirige al alma y no al estómago, es tan necesario para la existencia plena de las personas como el pan. Mientras esto no suceda, nos encontraremos girando en un círculo vicioso, porque un pueblo desnutrido espiritualmente no puede ser más que maquilador y consumidor de las ideas y los productos de otros.


¿Resulta exagerado comparar un poema, un dibujo, una melodía con un trozo de pan? Veamos: el pan se convierte en nueva sangre, nuevas células. El arte, ¿en qué se convierte? En nuevas ideas, en actitudes creativas, en comprensión de uno mismo y de los otros, en alegría de vivir.

Una persona sin alimento que llevarse a la boca acabará sufriendo el deterioro de su organismo: enfermará, se pondrá más débil cada día, y si la situación llega al extremo, morirá sin remedio. El proceso es tan notorio que nadie puede dejar de darse cuenta; por ello, pese a las crisis, se intenta apoyar a las personas con mayores carencias materiales. Esto es vital, por supuesto.
Sin embargo, no lo es menos atender el otro tipo de desnutrición, cuyos síntomas de deterioro pueden pasar inadvertidos aunque resulten igualmente graves. Una persona privada de contacto con el arte es muy probable que presente signos de intolerancia frente a las ideas o modos de vida distintos a los suyos, de incapacidad de pensar y decidir con autonomía, se hará pasiva ante los retos, triste, quizá violenta. No es gratutito que una de las primeras manifestaciones de la humanidad en tanto tal, diferenciada del resto de las especies, fuera adornar la flecha o cantar a la lluvia. Hay una necesidad profunda de comunicarnos por medio de lenguajes simbólicos que entrañan emoción y belleza.


Se advierte en los niños pequeños, quienes, por cierto, repiten en su desarrollo la historia entera de la civilización. Al verlos balbucear y palmear presenciamos el despertar de nuestros más antiguos ancestros. La naturaleza los ha equipado para cumplir el quehacer de formarse a sí mismos, otorgándoles la herramienta del juego, en especial del juego de representación. Así, los niños de tres años se inclinan de un modo espontáneo hacia el dibujo, el canto, la dramatización. Pueden pasar las horas improvisando en soledad, como cualquier artista. Y, sin embargo, ¡cuántas veces al verlos representar su muy particular versión de las cosas, nuestra respuesta es interrumpirlos, minimizar su obra! No lo hacemos por maldad o por falta de amor, sino porque estamos convencidos de que las expresiones de los niños no tienen importancia. Si fuésemos conscientes de que están cumpliendo con un mandato evolutivo, de que el desarrollo de su ser pende del delgado hilo de su juego, los respetaríamos. Y al oírlos decir ‘estoy ocupado’, sabríamos que sus palabras guardan igual seriedad que las de un adulto que intenta concentrarse en la oficina, el quirófano o la Cámara de Diputados. Y podría decirse que una seriedad aun mayor, porque el adulto dirige su trabajo a un resultado externo mientras que el niño está creando en sí mismo un nuevo ser humano.


Ésa es la importancia del arte en los niños pequeños. Si para el adulto la experiencia artística es más que conveniente, para los niños es esencial. En su juego dramático o pictórico, el niño ejercita, pule, forma músculos y memoria, palabras e ideas, emociones y criterios de juicio. Decíamos que está equipado para ello. Sin embargo, para realizar su tarea necesita respeto, claro, pero no sólo esto. También estímulo, y volvemos así a nuestro primer punto: necesita alimento. La creatividad es un mecanismo que necesita reciclarse. Los niños no traen una dosis que alcance para toda la vida.
La prueba está en la mayoría de las exposiciones de pintura infantil. Los dibujos de los niños de tres o cuatro años son originales, audaces, nacidos de una necesidad profunda de expresarse. En cambio, los elaborados por niños mayores, de diez o doce, han perdido espontaneidad para sumarse a lo que parecería una corriente común de estereotipos sin fuerza ni carácter. ¿Qué sucedió a lo largo de la infancia? ¿Dónde, cuándo se perdió el impulso creativo?.

Los dibujos de los niños corresponden a la alimentación espiritual que han recibido, o dicho de otra forma, a lo que han visto, oído y degustado. Si a los diez años no pueden más que hacer unos pobres trazos inexpresivos, habrá que aceptar que están desnutridos. Su creatividad es resultado de las tardes pasadas frente a la tele, de los paseos de domingo por los centros comerciales, de las revistas que accidentalemente llegan a sus manos. En cambio, quizás nos veamos sorprendidos por obras de niños a quienes tocó en suerte una maestra que diario los recibía con las notas de algún buen compositor o les leía un poema o tapizaba las paredes con reproducciones de hermosas pinturas. No por cumplir con un programa sino porel puro gusto de saborear la belleza.
-¡Miren, niños!, les traje unas sandías. ¿Ya se fijaron en sus colores, en sus texturas, en su sabor? Miren cómo las pintó Rufino Tamayo, escuchen cómo les cantó José Juan Tablada. Y ahora, ¡ustedes!: Aquí están los colores, el espacio, las palabras. Hagamos una obra de títeres en que los personajes sean sandías.
No faltará quien opine que una maestra así desperdicia el tiempo escolar. Recitar y hacer garabatos está bien para los niños muy pequeños, pero después lo importante son la matemática, la geografía, la historia. ¿Para qué le sirve a una futura ingeniera asistir a una buena función de teatro?
Tal vez necesitemos mayores sacudidas —tocar fondo, como se dice— para aceptar que corremos riesgos gravísimos al privar a los niños de la experiencia del arte, de la educación sentimental que éste propicia. Quizás sólo hasta no ver con nuestros propios ojos que ese chico de doce años que pinta con pereza y sin imaginación toma una pistola como una única vía para expresar sus emociones, para dejar su firma en el mundo, no comencemos a preocuparnos.
Pero, ¿no es un riesgo demasiado alto? No quisiera parecer catastrofista. Se están haciendo algunos esfuerzos que es preciso reconocer. Pero no son suficientes. Sólo hay que ver el impacto brutal que causan los productos culturales chatarra en nuestros niños y adolescentes. ¿Por qué los estamos dejando a merced de los intereses comerciales más viles? ¿Por qué no, quienes deseamos su bienestar, les ofrecemos ya alternativas artísticas, de la mejor calidad como ellos merecen, que los ayuden a desarrollarse como personas lúcidas, buenas, más felices?
vivimos días en los que el arte se considera un lujo, una actividad superflua de la que es posible prescindir, un bien al que sólo pueden acceder unos cuantos, mientras el resto quizá solamente sabe de su existencia como algo que sucede por ahí, muy lejos de su vida cotidiana. Pero hay que recordar —para aliento de nuestra esperanza— que no siempre ha sido así.
Pensemos, por ejemplo, en la época vasconcelista de nuestro país, cuando funcionarios y artistas se propusieron como algo prioritario que el mejor arte llegara a la mayoría de los mexicanos. Tampoco lo es ahora en todas partes, pese a que el mundo parece haberse convertido en un inmenso centro comercial. Países como Canadá o Dinamarca cultivan el arte con ímpetus renacentistas. Mucha gente va al teatro, a los museos y a escuchar música en las iglesias varias veces al año, y muchas personas practican alguna disciplina: quien no toca un instrumento, asiste a una clase de dibujo o de danza. Claro que esto es posible porque los gobiernos destinan una buena parte de su presupuesto a la creación y la educación artísticas, y la sociedad en su conjunto participa en el sostenimiento de los proyectos. Hay clubes de apoyo al museo tal, al teatro cual, a la orquesta fulanita. En fin, hay una conciencia de la función social del arte y hay recursos. Pero en los países tercermundistas, como el nuestro —por más que los políticos nos quieran ligar más al Norte que al Sur— podría haber ambas cosas si se considerara al arte como lo que es: un alimento, que si bien se dirige al alma y no al estómago, es tan necesario para la existencia plena de las personas como el pan. Mientras esto no suceda, nos encontraremos girando en un círculo vicioso, porque un pueblo desnutrido espiritualmente no puede ser más que maquilador y consumidor de las ideas y los productos de otros.


¿Resulta exagerado comparar un poema, un dibujo, una melodía con un trozo de pan? Veamos: el pan se convierte en nueva sangre, nuevas células. El arte, ¿en qué se convierte? En nuevas ideas, en actitudes creativas, en comprensión de uno mismo y de los otros, en alegría de vivir.
Una persona sin alimento que llevarse a la boca acabará sufriendo el deterioro de su organismo: enfermará, se pondrá más débil cada día, y si la situación llega al extremo, morirá sin remedio. El proceso es tan notorio que nadie puede dejar de darse cuenta; por ello, pese a las crisis, se intenta apoyar a las personas con mayores carencias materiales. Esto es vital, por supuesto.
Sin embargo, no lo es menos atender el otro tipo de desnutrición, cuyos síntomas de deterioro pueden pasar inadvertidos aunque resulten igualmente graves. Una persona privada de contacto con el arte es muy probable que presente signos de intolerancia frente a las ideas o modos de vida distintos a los suyos, de incapacidad de pensar y decidir con autonomía, se hará pasiva ante los retos, triste, quizá violenta. No es gratuito que una de las primeras manifestaciones de la humanidad en tanto tal, diferenciada del resto de las especies, fuera adornar la flecha o cantar a la lluvia. Hay una necesidad profunda de comunicarnos por medio de lenguajes simbólicos que entrañan emoción y belleza.
Se advierte en los niños pequeños, quienes, por cierto, repiten en su desarrollo la historia entera de la civilización. Al verlos balbucear y palmear presenciamos el despertar de nuestros más antiguos ancestros. La naturaleza los ha equipado para cumplir el quehacer de formarse a sí mismos, otorgándoles la herramienta del juego, en especial del juego de representación. Así, los niños de tres años se inclinan de un modo espontáneo hacia el dibujo, el canto, la dramatización. Pueden pasar las horas improvisando en soledad, como cualquier artista. Y, sin embargo, ¡cuántas veces al verlos representar su muy particular versión de las cosas, nuestra respuesta es interrumpirlos, minimizar su obra! No lo hacemos por maldad o por falta de amor, sino porque estamos convencidos de que las expresiones de los niños no tienen importancia. Si fuésemos conscientes de que están cumpliendo con un mandato evolutivo, de que el desarrollo de su ser pende del delgado hilo de su juego, los respetaríamos. Y al oírlos decir ‘estoy ocupado’, sabríamos que sus palabras guardan igual seriedad que las de un adulto que intenta concentrarse en la oficina, el quirófano o la Cámara de Diputados. Y podría decirse que una seriedad aun mayor, porque el adulto dirige su trabajo a un resultado externo mientras que el niño está creando en sí mismo un nuevo ser humano.


Ésa es la importancia del arte en los niños pequeños. Si para el adulto la experiencia artística es más que conveniente, para los niños es esencial. En su juego dramático o pictórico, el niño ejercita, pule, forma músculos y memoria, palabras e ideas, emociones y criterios de juicio. Decíamos que está equipado para ello. Sin embargo, para realizar su tarea necesita respeto, claro, pero no sólo esto. También estímulo, y volvemos así a nuestro primer punto: necesita alimento. La creatividad es un mecanismo que necesita reciclarse. Los niños no traen una dosis que alcance para toda la vida.
La prueba está en la mayoría de las exposiciones de pintura infantil. Los dibujos de los niños de tres o cuatro años son originales, audaces, nacidos de una necesidad profunda de expresarse. En cambio, los elaborados por niños mayores, de diez o doce, han perdido espontaneidad para sumarse a lo que parecería una corriente común de estereotipos sin fuerza ni carácter. ¿Qué sucedió a lo largo de la infancia? ¿Dónde, cuándo se perdió el impulso creativo?
Los dibujos de los niños corresponden a la alimentación espiritual que han recibido, o dicho de otra forma, a lo que han visto, oído y degustado. Si a los diez años no pueden más que hacer unos pobres trazos inexpresivos, habrá que aceptar que están desnutridos. Su creatividad es resultado de las tardes pasadas frente a la tele, de los paseos de domingo por los centros comerciales, de las revistas que accidentalmente llegan a sus manos. En cambio, quizás nos veamos sorprendidos por obras de niños a quienes tocó en suerte una maestra que diario los recibía con las notas de algún buen compositor o les leía un poema o tapizaba las paredes con reproducciones de hermosas pinturas. No por cumplir con un programa sino por el puro gusto de saborear la belleza.
-¡Miren, niños!, les traje unas sandías. ¿Ya se fijaron en sus colores, en sus texturas, en su sabor? Miren cómo las pintó Rufino Tamayo, escuchen cómo les cantó José Juan Tablada. Y ahora, ¡ustedes!: Aquí están los colores, el espacio, las palabras. Hagamos una obra de títeres en que los personajes sean sandías.
No faltará quien opine que una maestra así desperdicia el tiempo escolar. Recitar y hacer garabatos está bien para los niños muy pequeños, pero después lo importante son la matemática, la geografía, la historia. ¿Para qué le sirve a una futura ingeniera asistir a una buena función de teatro?
Tal vez necesitemos mayores sacudidas —tocar fondo, como se dice— para aceptar que corremos riesgos gravísimos al privar a los niños de la experiencia del arte, de la educación sentimental que éste propicia. Quizás sólo hasta no ver con nuestros propios ojos que ese chico de doce años que pinta con pereza y sin imaginación toma una pistola como una única vía para expresar sus emociones, para dejar su firma en el mundo, no comencemos a preocuparnos.
Pero, ¿no es un riesgo demasiado alto? No quisiera parecer catastrofista. Se están haciendo algunos esfuerzos que es preciso reconocer. Pero no son suficientes. Sólo hay que ver el impacto brutal que causan los productos culturales chatarra en nuestros niños y adolescentes. ¿Por qué los estamos dejando a merced de los intereses comerciales más viles? ¿Por qué no, quienes deseamos su bienestar, les ofrecemos ya alternativas artísticas, de la mejor calidad como ellos merecen, que los ayuden a desarrollarse como personas lúcidas, buenas, más felices?


AUTOR Berta Hiriart


La educación musical, una alternativa para el desarrollo del pensamiento reflexivo



Como resultado de factores políticos y sociales, los presupuestos y programas educativos se han dirigido hacia el desarrollo de la ciencia y la tecnología buscando en los alumnos un incremento rápido de aquellas habilidades que ofrecen soluciones a corto plazo. Parece lógico dentro de este contexto que una actividad ‘extra’, como la clase de música, haya sido olvidada en el currículo escolar. Sin embargo, investigaciones en psicología, educación y arte señalan que podemos estar cometiendo un grave error al excluir o no darle la importancia adecuada a dicha asignatura.

En el año 1983, Howard Gardner, psicólogo estadounidense y director del Proyecto Cero, expuso la teoría de las inteligencias múltiples, catalogando al proceso mental efectuado en el aprendizaje y ejecución de la música como una inteligencia aislada que al ser desarrollada favorece el despliegue de las demás inteligencias. A su vez, Boardman (1989) expuso que a través del entendimiento de la estructura musical se ejercita la capacidad de inferencia y predicción, ya que es posible utilizar la música como una ‘metáfora de la realidad’.


Asimismo, Moore (1989) identificó ocho de los procesos mentales frecuentemente mencionados en la literatura educativa como fundamentales en el aprendizaje musical:


1) Formación de conceptos.
2) Formación de principios.
3) Comprensión.
4) Resolución de problemas.
5) Toma de decisiones.
6) Investigación.
7) Composición.
8) Discurso oral.


Propuso la instrución musical no sólo como una forma de expresión artística sino también como una materia académica, pues puede ser descrita por su contenido (elemento o concepto), su contexto (proceso mental o conducta musical) y su cualidad (creativa o crítica).
Por otra parte, Cutietta (1995) presentó los hallazgos de doce investigaciones que apoyan la existencia de una conexión entre la educación musical y la capacidad del aprendizaje de la lectoescritura del idioma materno. En estos estudios de corte experimental, los niños —en su mayoría de primero y segundo grados de primaria— fueron instruidos específicamente en el aprendizaje de la notación musical. Mediciones anteriores y posteriores demostraron que el reconocimiento y la discriminación de letras, la velocidad de lectura y la comprensión de ésta eran superiores en los niños que habían recibido la instrucción musical.


Actualmente, son muchos y muy variados los trabajos de investigación que buscan entender procesos mentales complejos tales como los creativos y su posible utilización en el campo educativo. Universidades en Estados Unidos, Canadá, Alemania y Japón realizan estadísticas con los puntajes de exámenes de admisión, en relación con la educación o falta de educación musical que tuvieron sus aspirantes en los diferentes ciclos escolares. Específicamente, el equipo de los doctores Shaw, Rausher, Gordon y Levine, de la Universidad de California, en Irvine, mostró que la audición de cintas de música de Mozart por espacio de 15 minutos aumenta los puntajes de los exámenes académicos en forma más eficaz que los ejercicios de relajación y de silencio. También observaron que niños que toman regularmente clases de música aumentan sus capacidades espaciales y nociones matemáticas de fracción y de relación término a término debido a que éstas son indispensables en el aprendizaje de la música.

En estos momentos en que se busca desarrollar seres creativos, sensibles y con responsabilidad social, la educación musical se presenta como una alternativa innovadora. La música en el aula debe dejar de ser únicamente un medio de diversión para convertirse en una opción para el desarrollo del pensamiento reflexivo.


Sin embargo, se presenta la pregunta: ¿Cómo puede convertirse la clase de música en una experiencia que desarrolle el pensamiento analítico?
Las investigaciones sobre la mente realizadas por O’Keefe y Nadel (1978) destacan la importancia de la educación integral por proyectos en la formación de mapas mentales. Bajo este modelo de enseñanza-aprendizaje las fronteras entre las diversas disciplinas se disuelven para explotar a través de un único tema diversos aspectos de historia, geografía, ciencia, literatura, música, sociología y artes plásticas. La educación musical puede desplegar entonces las funciones históricas, biológicas y sociales que ha habido a lo largo del desarrollo de la humanidad, postulándose además como una alternativa para el pensamiento crítico y la resolución de problemas.


A continuación se presenta un ejemplo que ilustra la utilización de actividades musicales como eje generador de pensamiento analítico en el trabajo de proyectos interdisciplinarios.


1. Como introducción al tema, el maestro canta la primera estrofa de la canción de la pesca de salmón:

Voy navegando en mi canoa,
busco salmones para comer

2. Posteriormente, pregunta a los niños qué es lo que el personaje de la canción está haciendo.
Se establece la discusión grupal sobre la vida de salmones, pescadores, el río, el mar, etc. Se desarrollan simultáneamente la atención auditiva, la concentración y la expresión verbal.
3. El maestro canta ahora la segunda estrofa con el fin de generar la discusión grupal referente a los ciclos de vida de las especies animales y la necesidad de evitar la sobreexplotación de recursos naturales:

Siempre en los mares salgo a pescarlos
porque en el río desovarán.

4. A través del análisis de la canción se podrán estudiar las cadenas alimenticias, los animales ovíparos, el cuidado de ríos y mares, la contaminación y los recursos naturales no renovables, entre otros aspectos de ciencias naturales.
5. También será posible extender el tema al estudio de las culturas que se dedican a la pesca del salmón —como los indios de Norteamérica— destacando la importancia de la convivencia entre pueblos y los problemas que han sufrido indígenas y nativos americanos.
6. Los alumnos podrán investigar la evolución de la pesca de salmón a través del cambio en los arpones y artes de pesca y relacionar estos cambios con descubrimientos científicos y sucesos históricos tanto nacionales como internacionales.
7. El desarrollo motriz podrá ser favorecido a través de la dramatización de la canción. Ejemplo: indios remando sincrónicamente en sus canoas siguiendo un patrón: derecha, izquierda, adelante, atrás. Preparación de la comida. Danza de la pesca.
8. El desarrollo del pensamiento lógico-matemático podrá realizarse a través de a) clasificación por tamaño, color, especie y sexo de salmones (láminas); b) estudiando las diferencias y similitudes que existen entre las distintas especies de peces; c) pesando y midiendo algunos ejemplares de salmón (o de cualquier otro pez); d) relacionando la superficie y el volumen del pez con la figura geométrica más parecida a él.
9. La integración del conocimiento se plasma finalmente en poemas, cuentos, dibujos, esculturas y composiciones musicales propias. Se entiende que durante el proceso creativo serán indispensables habilidades tales como la observación, el análisis y la toma de decisiones, así como los procesos de comunicación verbal y no verbal.


En suma, la educación musical es una alternativa importante para el desarrollo del pensamiento reflexivo. Es menester que tanto los maestros de grupo como los de música conceptualicen a ésta como un posible generador del proceso de enseñanza-aprendizaje integral y no sólo como medio de esparcimiento y adorno de festivales escolares.


Bibliografía
BOARDMAN, E." The Relation of Music Study to Thinking", en Dimensions of Musical Thinking, E. Boardman Ed., (pp. 1-7). Music Education National Conference, Reston VA., 1989.CAINE R & CAINE, G. Making Connections, Teaching and the Human Brain. Addison Wesley, Menlo CA., 1991.CIEPLUCH, G.M. Sight reading achievement in instrumental music performace, learning gifts and academic achievement: A correlational study. Tesis Doctoral sin Publicar. University of Wisconsin-Madison, 1988.CUTIETTA, R. "Does Music Instruction Help a Child Learn to Read?", General Music Today. 1995, Reston, Va., Fall (9), 26-31.GARDNER, H. Inteligencias Múltiples. Paidós, México D.F., 1986.MOORE, B. "Musical Thinking Processes", en Dimensions of Musical Thinking, E. Boarman Ed., (pp. 1-7). Music Education National Conference, Reston VA, 1989.

AUTOR: Andrea Ávila-Ripa

El arte y la música


Melpómene musa de la tragedia

Sabemos que la música es una de las llamadas bellas artes, pues, al igual que la arquitectura, la escultura y la pintura, tiene como finalidad la expresión de la belleza.
Puesto que la música es un arte, me parece oportuno que sepamos, en primer lugar qué es el arte. Pues bien, para los antiguos griegos el arte era un “saber hacer”, para Aristóteles se trataba de una capacidad razonada de producir cualquier objeto. La palabra proviene del latín ars, artis. “habilidad”, “oficio” y éste, a su vez, del indoeuropeo ar-ti: “acción de ajustar”

En griego clásico “arte” se decia (tékne): “técnica” y se consideraba como tal cualquier oficio que requiriera de cierta habilidad e implicara la manipulación de objetos naturales.
Las artes han sido objeto de diversas clasificaciones, una de ellas fue la establecida en Alejandría durante la época helenística, es decir, en el siglo IV a. C. Esta división clásica es la de “artes liberales”1, las cuales comprendían el trivium (del latín tres, tria: “tres” y via: “vía”, “camino”) y el quadrivium (de quattuor: “cuatro” y via: “vía”). El trivium estaba compuesto por: gramática, retórica y filosofía, y el quadrivium por: aritmética, geometría, astronomía y música. En las escuelas medievales, la base del saber era la enseñanza de estas siete artes.

Como puede observarse, la música, al formar parte de las cuatro artes matemáticas, era estudiada necesariamente por quienes deseaban recibir una educación integral; para los griegos no se trataba sólo de un adorno que servía para ocupar las horas de ocio, sino de un elemento importantísimo en la educación, pues tenía una gran influencia en la formación del temperamento y del carácter de los jóvenes; en cambio, en nuestros días, la música dentro de los planes de estudio de las escuelas del nivel medio no tiene, ni remotamente, el mismo peso académico que la matemática o el español.

La palabra música es de origen griego, deriva del adjetivo (musiké), forma femenina de (musikós): “relativo a las musas”; en realidad, en este adjetivo se sobreentendía el sustantivo (tékne): “arte”, de ahí que el término música se utilizara para denominar cualquier arte que estuviera protegido por las musas (Músa).
Musas. Del griego (Músai). Según la concepción primitiva, se trata de ninfas que habitaban en las montañas, cerca de los ríos y de las fuentes; representaban la personificación del don poético, del canto y de la música. Generalmente se acepta que las musas fueron nueve: Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terspsícore, Erato, Polimnía, Urania y Calíope. Cada una de estas musas se convirtió en protectora e inspiradora de un arte. La musa de la música es Euterpe (del adverbio (eu): “bien” y el verbo (térpein): “deleitar”), es una divinidad que se representa acompañada de la doble flauta.

La música es una combinación de sonidos (de voces o instrumentos) que tiene ritmo, melodía y armonía:

Ritmo. Del latín rhythmus, y éste del griego (rhytmós): “ritmo”, “medida”, “movimiento medido que se repite varias veces”, de ahí que el ritmo sea la sucesión regular de sonidos o movimientos. Etimológicamente, ritmo se relaciona con el verbo griego (rheó) : “correr”, “fluir”, de donde procede, también, la palabra “diarrea”.
Melodía. Del latín tardío melodia: “melodía”, y éste del griego (melodía): “canto coral”, formado, a su vez, de (mélos): “musica” y (odé): “canto”.

Armonía. Del griego (harmonía): “acuerdo”, “concordancia”, derivado de (harmós): “juntura”, “hombro”. Es la unión, la juntura, de notas musicales en un acorde.


AUTOR: Maria Lourdes Santiago